Cuando el Gran Maestro de los primitivos flamencos pintó el Jardín de las delicias, el Renacimiento primigenio había llegado a convertirse en la época en la que la razón y la fe se entrelazan en una clara cosmología maniqueista sobre el mundo.

Las pinturas de los artistas de los Países Bajos fueron una manifestación irrepetible de conciencia, salvación, pasión e imaginación_ de ascetismo artístico_ y la mayoría de ellas se presentan bajo el estigma medieval de la imagen del mal asociada a lo monstruoso. El Bosco es un ejemplo paradigmático de la visión del mundo de los primeros pobladores del Renacimiento, la conquista definitiva de dicha época llegaría más tarde con la filosofía mágico-animista de la naturaleza, en la versión alquimista de Paracelso.

La visión del mundo de los primitivos flamencos tiene, no obstante una connotación científica que si bien no es un gran descubrimiento, sí fue al menos una técnica reiterada en su conjunto artístico y que puede arrojar cierta luz a disciplinas artísticas tan modernas como el cine o la fotografía, y también a la geometría aplicada al espacio, la pintura, escultura, diseño, psicología de los espacios y de los personajes, como confirma el testimonio gestual de El martimonio Alnorfini de Jan Van Eyck.

La geometría en el arte proto-renacentista parece estar bajo una interpretación cualitativa de la realidad, basada en figuras de formas primigenias que cubren el mundo en esquemas de circunferencias o esferas, es ésta una representación plástica del orden global como ideal animista de lo bello y lo bueno, más allá del caos reinante en el mundo material, eminentemente arrojado al terror de la teratología, el desorden y la expiación.

La esfera representada en el frontal de El Jardín de las delicias tiene así un significado cualitativo: es esférica, pero todavía no mide, tiene color, pero todavía no tiene temperatura, es una descripción del mundo basada en la experiencia de un esquema platónico-teológico.

Ya en el mundo terrenal, la geometría y la concepción del espacio continúa su peculiar manifestación en uno de los detalles más significativos de la pintura de Pietrus Christus con su obra San Eloy en su estudio y Jan Van Eyck con el ya citado Matrimonio Alnorfini, me refiero a los espejos concavos. Reflejar la realidad de los interiores y concentrarla en espejos cóncavos es un manifiesto ejercicio de técnica y destreza pictórica que podemos encontrar en estos dos artistas. Además de ser un testimonio vivo de los avances de los maestros vidrieros, los espejos cóncavos son también un ejemplo gráfico del juego geométrico como instrumento óptico: el espejo es una lente pulida a propósito de la perspectiva. Estos espejos denominados “brujas” parecían tener, sin embargo, una interpretación simbólico-animista de total valor para su significado: tenían el infalible poder de auyentar la mala suerte.

Evidentemente, es de eso de lo que protegía la esfera, la esfera en forma de galaxia, de atmósfera o de placenta; protegía del mal, del desorden de la materia, manifestada en la locura, los monstruos, la lascivia, lo irreverente y la heterodoxia.

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